sábado, agosto 31, 2002

Viajes inconclusos

Observaba el paso de los árboles. A dónde van, a dónde los dejo. Nada más triste que ver pasar el tiempo subido en un tren. La máquina un animal desesperado por llegar a ninguna parte. Los rieles, el ruido infinito de las distancias. Las estaciones, iban y venían. Toledo, Oviedo, Avignon, Bourdioux, Roma, Venezie, Aranjuez. Pasaban como el aleteo del chupamirto. Veía las piedras milenarias de la revolución industrial, edad media, golpear los cielos grises de la vieja Europa, la que me enseña cajeros automáticos en medio de catedrales barrocas, restaurantes de comida rápida en barrios góticos, puentes lusitanos sobre ríos y mares cómplices. Viajar es un sueño hecho sueño hasta que no se está en el sueño. Los olores son cardúmenes inviolables; las ciudades, amantes que te prometen todo. Paseaba por las avenidas de la madre tierra, comprendiendo las luces, los letreros, los alborotos. Reía, era inmortal en tierra de desconocidos tan iguales. Corría un hilo de sangre entre dos tierras, diferentes pero en tiempos definitorios tan semejantes. Hacía saltos cuánticos de un museo a moteles con agua caliente, del Guernica a un café internet. Eran recorridos libres, mis pasos, soliloquios. A nadie importaba si caminaba o desandaba, si fotografiaba los jardines de Andalucía o a mí mismo en una pose de estúpido turista pobre. El aliento retenía a mujeres exóticas, respiraba sus rostros, les inventaba historias. Platicaba con ellas en los autobuses. Era ciudadano del mundo. Recorríamos Lisboa, escuchábamos conciertos de chelo en fortalezas abúlicas. Sentía la delicia de las distancias relativas, absorbía la arquitectura vagamente familiar, ahí, Tenochtitlán se quedaba en el fulgor de un pensamiento moderno. Las cúpulas de las iglesias eran pechos olvidados por sus amantes. Las torres, violadores de un cielo laico. Luego empezamos a trotar juntos, arreglábamos las cosas, resolvíamos el presente. ¿Dónde dormir? ¿En qué hostal? Intuíamos que nuestros cuerpos se quedaban atrás, pisando el cansancio de las tierras, las mismas que andaron los romanos, normandos, galos y sí, envejecíamos también, y sí, nos sentíamos culpables, cómplices por el desgaste del anitgüo suelo. Me divertía tomando fotos inusuales, satisfacía mi ambición por no verte morir nunca. Yo, en cambio, moría un poco en el esfuerzo. El cielo azul era el pleonasmo de la vida bella. Mirar el Mediterráneo, los canales venecianos, el Tajo, el Sena, el insípido Manzanares, era como leer el códice no escrito del viejo mundo. En los viajes los sentimientos se vuelven ceremoniosos. Y con ellos encarábamos a Miguel Angel, al renacimiento, al dalismo, al barroquismo. Un halo nos persignaba el alma. Rompía mi mente en pedazos al imaginar los rostros de los creadores y, en un ejercicio tortuoso, quedaba hecho polvo al imaginar las miradas de los primeros espectadores. Cuánto arte en medio de la inmundicia, la de siempre, la multiplicada. Las personas se transmutan en ríos, inundan los museos, aunque eso signifique no ver la cara de los otros. Pobre David, inmortal a causa de ojos ciegos, de los que hay que resguardarlo. Eso explica la entrada a los museos: de 9 a 6; sino, sería durante todo el día. Vi molinos, vi suecos, vi un hombre fumar mariguana en la parada del tranvía, vi prostitutas en las grandes vías, ví yonkis con botas y camisa limosnear una peseta, vi pasar a medianoche una góndola afuera de mi habitación, vi el festival de las mil máscaras en el centro belga, vi a marroquíes cobrarme por usar el teléfono, reconocí un Sena sin la brillantez del 80, aprendí a desconfiar en el metro de Barcelona, aprendí a fantasear con el estómago hueco, a caminar agotado por caminar, subí a tranvías, conocí a sus conductores, exaustos de manejar con un dedo las modernas calesas. Dios mío, ¡cuántas iglesias! Entré a todas como para dejar de hacerlo toda una vida. Sentía no la fuerza de la devoción sino el encanto de lo primitivo. Admiraba el origen de la modernidad motivada por la fe. Piedras, marmol, yesos erguidos en altaneras coonstrucciones, siglos de trabajo para el disfrute de los otros, de los nuevos que a su vez levantaron una iglesia más hermosa que la anterior. Y todo, me decía, ha fenecido, sólo permanece el disfrute para quienes gusten arañar las distancias, -y los pasados-. El milenio termina, nada se construye para que dure cien años. "Lo sólido se desvanece en el aire". Qué era nos espera con el alma del mundo tan lejana, donde las creaciones se miden por las insípidas utilidades y el tiempo risible que transcurre para su desecho. Camino por el aeropuerto de Barajas, listo para desaparecer en los aires, para que a partir de entonces no haya duda que todo existe tímidamente en un pedazo de coexistencia. Cómo serán las visiones, los espacios, los sueños, de los futuros siglo-veintiún-decimonónicos, qué lugares visitarán en la Tierra, ¿túneles?, ¿ciudades en cavernas? o seguirán admirando un mundo incomprensible, un milenio inexistente, curioso, con tontas Iglesias, pirámides imposibles, y escritos primitivos, inservibles, que escriben los andariegos.

Enero-julio de 1999